EL EXOPLASMA HUMANO

(en elaboración)


EL  EXOPLASMA  HUMANO


I

LOS ARTEFACTOS EN LA ESPECIE HUMANA


   Una famélica banda de homínidos ramonea tubérculos y hierbajos junto a unos  cerdos salvajes cuando a su líder Miraluna [1], estimulado por un misterioso monolito, se le ocurre usar un hueso como cachiporra. Tras probarla destrozando  unas osamentas que están por ahí tiradas, la usa primero para resolver los problemas alimentarios de los suyos como cazador; y después, como guerrero, para dirimir las disputas territoriales con el clan rival. Tras esas hazañas el avispado Miraluna atisba el vertiginoso futuro que acaba de abrir a su estirpe y, eufórico, lanza al aire el famoso hueso, que dando vueltas y más vueltas acaba  por convertirse en una sofisticada nave espacial.

   Muchos lectores habrán reconocido una de las secuencias más célebres de la historia del cine: el comienzo de “2001, una odisea del espacio”, película dirigida Stanley Kubrik en 1968, con guión de Arthur C. Clarke. Recientemente fallecido en Sri Lanka [2], Clarke era a la sazón uno de los más famosos escritores de Ciencia Ficción, que al mismo tiempo publicó la historia como novela, para alivio de los exegetas de la película. Con ella hemos asistido al nacimiento de un verdadero mito contemporáneo. Un mito sobre el origen de la humanidad, que acorde con las conclusiones de dos siglos de incansables y agudos antropólogos, establece que dicho origen se produjo cuando se construyó el primer artefacto.

   El acontecimiento, para el que no derrocharemos epítetos de momento, además de su interés histórico, si es que viene al caso tratándose de un mito, tiene un matiz interesante, que va a ser el objeto de este trabajo. Ese momento culminante en el que al astuto Miraluna se “le ocurre” el uso que puede hacer de ese hueso, constituye el último episodio de una evolución que no podemos calificar sino de biológica, pues eso ha sido hasta ese momento,  y el primero de otro tipo de evolución que no podemos denominar sino de cultural. Es decir, se trata ni más ni menos que de una articulación entre la Biología y la Cultura, o entre la evolución y la historia. De eso van a tratar estas páginas.

     Prosigamos con los mitos. El misterioso monolito  resulta ser el artilugio de una avanzadísima civilización extraterrestre que anda por el universo detectando y estimulando cualquier brote de vida inteligente. Ello no deja de ser una versión moderna de  los viejos mitos en los que el inicio de la cultura  se debe a intervenciones de demiurgos de diversa calaña y oscuras intenciones. Por ejemplo el mismísimo Lucifer disfrazado de serpiente, con las consabidas consecuencias, o el desdichado Prometeo, que con su travesura también se atrajo la desgracia a sí mismo y a toda la humanidad. Diríase que todos los mistagogos que se han ocupado del tema, incluido Clarke, están de acuerdo en que tamaña hazaña estaba más allá de las posibilidades humanas, en realidad pre-humanas, y se precisó de una ayudita externa para llevarse a cabo, lo que por otra parte es perfectamente lógico,. Y también, aunque esto ya no aparece en Clarke, que el episodio supuso la ruptura de cierto orden preexistente, con los consiguientes culpa y castigo para todos los implicados. 

   El caso es que mediante  el adecuado uso de un  material  abundante, y hasta entonces inútil, el héroe de la historia, un homínido pequeñajo e inofensivo, se trasforma en un cazador eficaz y un temible guerrero; en definitiva en el primer hombre. Y parece que desde entonces no ha usado sus freudianos artefactos para otra cosa que sodomizar a toda la Biosfera y a sí mismo, tal vez como parte del castigo mencionado.  Bromas aparte, se entiende que el mito simplifica un proceso complejísimo, desarrollado a lo largo de milenios, en el que la fabricación de artefactos fue simplemente uno de los elementos, aunque según el mito, el primordial.  El antropólogo Clifford Geertz, que dedica muchas páginas  apasionantes y apasionadas  al origen de la especie humana, señala con gran vehemencia las complejas interacciones de las que fue consecuencia, y el papel que los artefactos jugaron en ellas:

El perfeccionamiento de las herramientas, la adopción de la caza organizada y de las prácticas de recolección, los comienzos de organización de la verdadera familia, el descubrimiento del fuego y, lo que es más importante aunque resulta todavía extremadamente difícil  rastrearlo en todos sus detalles, el hecho  de valerse cada vez más  de sistemas de símbolos significativos (lenguaje, arte, mito, ritual) en su orientación, comunicación y dominio de sí mismo fueron todos los factores  que crearon al hombre un nuevo ambiente al que se vio forzado a adaptarse. A medida  que la cultura se desarrollaba y acumulaba  a pasos infinitesimalmente pequeños, ofreció una ventaja selectiva a aquellos individuos de la población más capaces  de aprovecharse  de ella – el cazador eficiente, el persistente recolector de los frutos de la tierra, el hábil fabricante de herramientas, el líder fecundo en recursos — hasta que lo que fuera el protohumano  Australopithecus de pequeño cerebro se convirtió en el Homo sapiens plenamente humano y de gran cerebro..[3]

   Es importante señalar que lo importante no son los artefactos en si mismos, sino la cadena de cambios que se desencadena con ellos:

   Aunque es bien cierto que el invento del avión no produjo cambios corporales visibles ni alteraciones de la capacidad mental  (innata), esto no ocurrió necesariamente en el caso de la herramienta de piedra o la primitiva cuchilla, inventos a los que parecen haber seguido no sólo una posición más erecta, una dentición más reducida y una mano más dominada por el pulgar, sino también las expansión del cerebro humano hasta alcanzar sus actuales dimensiones.[4]

   En  todo caso lo que está claro es que la cultura, desde sus inicios, aunque sean míticos, se manifiesta en una hechura material. Que esa hechura sea causa o efecto, importante o secundario, no quita el hecho innegable de la íntima interrelación entre los dos fenómenos: cultura y artefactos. En realidad se trata de un solo fenómeno complejísimo, el desarrollo de la cultura, de la que los artefactos  son la manifestación más conspicua. Y precisamente por esa facticidad material es por lo que los artefactos  admiten más fácilmente  una  interpretación biológica, que es a lo que vamos. Es a través de los artefactos, a veces despreciados  como la hermanita pobre de la rutilante cultura humana[5], por donde podremos establecer un vínculo intelectual válido entre el escenario biológico y el hecho cultural.

    En efecto, el hecho es que los artefactos  supusieron un aumento decisivo en la capacidad de supervivencia de la especie humana, de la mano de un cambio radical en las relaciones con el resto de la Biosfera. Eso es precisamente lo que nos relata el mito de Clarke. Tanto que acabaría por cambiar la totalidad de la Biosfera misma. Un mono con un palo en la mano es ciertamente distinto de un simple mono desnudo, y si no que se lo pregunten a los confiados vecinos de Miraluna. A efectos prácticos es como si al mono le hubiese salido una nueva extremidad, el palo, o como si hubiese sufrido una mutación. El caso es que se ha convertido en un organismo distinto para los demás organismos que le rodean, una especie distinta, si no en el sentido genético, sí en el ecológico, puesto que el nicho que ocupaba, es decir, el conjunto de recursos que usa para sobrevivir, se diversifica tanto que ya no cabe seguir hablando de nicho en el sentido ecológico habitual. Y esa modificación, como decimos, en  pocos  eones se transmitirá a  toda la Biosfera …hasta  el punto de ponerla en peligro.

     Que la aparición de los  artefactos suponga no solo el surgimiento de una nueva especie, sino una nueva organización de toda la Biosfera puede parecer una afirmación desmesurada y catastrófica. Sin embargo es algo que  ya había ocurrido otras veces en la historia de la vida en la Tierra  cuando, en buena ley sistémica, los cambios introducidos por un nuevo organismo son tales que fuerzan al resto de la Biosfera a adaptarse a los mismos.  Hay por lo menos dos conocidos precedentes de ese tipo de acontecimiento: la aparición de los Organismos Fotosintetizadores y la de la Célula Eucariota.  El primero sucedió hará unos 3.000 millones de años, cuando surgió un organismo capaz de utilizar directamente la energía de la radiación solar para sintetizar  substancias orgánicas a partir del el agua y el CO2  atmosférico. Eran los Organismos Fotosintetizadores, origen de una de las castas fundamentales de nuestra Biosfera, el Reino Vegetal, con la que el color verde llegó a nuestro planeta. El nuevo organismo provocaría una serie de cambios que condicionarían para siempre la vida en la Tierra: por un lado por su capacidad de generación de Biomasa; y por otro  por la aparición del oxígeno, que es un residuo metabólico de sus procesos  fotosintéticos. En poco tiempo la atmósfera pasó a ser oxidante, lo que  era letal para los primitivos microorganismos que entonces poblaban la Tierra, por lo que no tuvieron más remedio que adaptarse a ello, o extinguirse.

   Una de esas adaptaciones  fue la respiración, mecanismo fisiológico básico de la otra gran casta de la Biosfera, el Reino Animal, mediante el cual podrían a su vez explotar la enorme biomasa generada por sus antecesores vegetales como combustible de su propio metabolismo, y que trajeron otro importante color a nuestro planeta: el de la roja sangre. Es intreresante que no todos los microorganismos de aquella noche de los tiempos se extinguieron; descendientes directos suyos son  las bacterias anaerobias, para las que el oxígeno sigue siendo letal, y que han conseguido sobrevivir en los recovecos donde no llega el aire, por ejemplo infectando nuestras heridas.

    El otro ejemplo de gran revolución evolutiva, la aparición de la Célula Eucariota,  sucedió unos 1000 millones de años después, es decir, hace 2.000 millones más o menos. La célula Eucariota es la típica célula con núcleo y citoplasma que se estudia en los manuales de Biología. En este caso sus implicaciones son puramente biológicas, pero de una envergadura también planetaria puesto que casi todos los organismos surgidos a partir de entonces, están constituidos por ese tipo de célula. Es decir, de los cinco reinos en los que actualmente se divide la Biosfera: animales, plantas, hongos, protozoos y bacterias, los cuatro primeros están hechos de células eucariotas, lo que equivale a la inmensa mayoría de los organismos conocidos. Ese éxito biológico se asocia a que dichas células darían lugar a los Organismos Multicelulares, que supusieron un cambio cualitativo muy significativo en un escenario de la Evolución biológica.

   El momento y proceso de aparición de dicho tipo celular son todavía objeto de debate, pero todos los biólogos están de acuerdo en que constituyó una de las más radicales revoluciones de la Evolución. Pues bien, este acontecimiento guarda tantos y tan substanciosos paralelismos con la aparición de la Especie Humana,  además de su impacto planetario,  que vamos  detendremos en su análisis con cierto detalle.  De dicho análisis  obtendremos nuevos matices en la interpretación de la especie humana, incluyendo sus más conspicuas y significativas manifestaciones, que englobamos en el concepto de Cultura. Dicho análisis,  que constituye la mayor parte de este escrito,  puede entenderse como una contribución a la empresa de llenar la fosa intelectual entre las Ciencias Humanas y las de la Naturaleza, viejo sueño de la Filosofía Sistémica, cuyo marco conceptual se asume.

    La idea central consiste en que  los artefactos son para nosotros como el  citoplasma para el núcleo en la célula eucariota. Es decir, el hueso de Miraluna vendría a ser la primera manifestación de un nuevo tipo de  sustancia viva, a la que, por razones que luego se verán, llamaremos Exoplasma. En los milenios siguientes dicha substancia sufrirá la más espectacular de las evoluciones que se hubieran visto nunca en el planeta, tanto en tamaño como complejidad:  desde armas y herramientas a vestidos y viviendas, pasando por carros, murallas, naves, motores, ferrocarriles…hasta naves espaciales. Esto sin olvidar la inclusión de otros organismos, los animales y plantas domesticados, ni la de artefactos cuya funcionalidad denominaremos simbólica, relacionados con la dinámica de las identidades colectivas,  como son adornos, estandartes, monumentos o templos. Un verdadero nuevo mundo, el mundo de las cosas humanas, que surge alrededor de los organismos humanos y se superpone a la anterior Biosfera, a la que arrincona y tal vez incluso casi aniquila.

   Análogamente, millones de años atrás, los organismos eucariotas se superpusieron a las primitiva Biosfera procariota a la que, en cierto sentido, también arrinconaron. Me propongo por tanto mostrar que todos esos artefactos pueden considerarse  como un tipo de materia viva, extensión de nuestros propios cuerpos, y que esa consideración posee una potencia conceptual que permite establecer conexiones válidas entre los más diversos campos de la actividad intelectual humana, en los que encontraremos numerosos y significativos antecedentes.  Es decir, que se trata de una idea con muchas  y muy interesantes connotaciones, que conectan con muchas intuiciones previas de celebrados pensadores,  algunas de las cuales intentaré mostrar en las páginas que siguen. 

   Veamos una primera interpretación filosófica: al coger un objeto de su entorno, piedra palo o hueso, y modificarlo para su uso, nuestro héroe no sólo ha dado lugar a  una nueva especie, sino a todo un nuevo reino de la realidad: el mundo de las cosas humanas. De los clásicos tres reinos de la naturaleza: animal, vegetal o animal. ¿a cual de ellos pertenecen los artilugios que fabricamos?. Decir que el palo al vegetal, o la seda al animal sería como decir que la concha de los caracoles forma parte del reino mineral. La cosa tiene su enjundia y  proporciona algún que otro debate a los biólogos, cuando hacen sus cálculos de biomasa.[6] Entremos por un momento en ese debate: hemos dicho tres reinos; tres modalidades de la realidad material que se nos presentan con una claridad cartesiana. De un vistazo sabemos si una cosa es bicho, planta o piedra, y lo sabemos porque cada uno de ellos tiene su propia lógica estructural, y su propia dinámica en la realidad. Una piedra no crece; una planta no se mueve. La concha del caracol debe su ser, su ser ahí y su ser así, a su vínculo dinámico con el caracol. El reino mineral jamás produciría nada parecido. Por tanto estoy con los partidarios de incluirla en su biomasa. Pues bien, lo mismo ocurre con los artefactos humanos. Al ser tomados, transformados y usados, el palo deja de ser vegetal, el hueso de ser animal y la piedra de ser mineral. Ya  no obedecen a las leyes de sus reinos de origen. Son un nuevo reino de la realidad, que desde luego requiere su consideración filosófica: el reino de las cosas humanas.

   Ese  reino es ciertamente objeto favorito en la construcción  humana de su realidad; de la individual, y de la colectiva.  Es el reino de las cosas, de los objetos artificiales, que en la vida cotidiana significa las cosas que pertenecen a alguien. Descartadas ingenuas concepciones sobre “comunismos primitivos”[7], no es muy osado afirmar que todo el mundo entiende que cuando un individuo fabrica un artefacto, cuando modifica un material para convertirlo en una herramienta útil, inmediatamente la convierte en suya. Porque cualquier objeto que no pertenezca a nadie, un objeto perdido, inmediatamente empieza a degradarse y a desaparecer. Es decir el bueno de Miraluna resulta que también ha inventado la propiedad material. Tal vez la conexión entre ambos hechos, construcción y apropiación, llevase a su vez unos cuantos milenios, durante los cuales los homínidos, como los chimpancés actuales, fabricaban útiles sobre las marcha, para tirarlos inmediatamente  [8].  Pero cuando esos útiles se fueron sofisticando, en paralelo con el psiquismo que los origina, y sobre todo cuando fueron precisando de mantenimiento, como la tensión del arco o el filo de la hoja, inevitablemente surgirían tendencias a su conservación. No se trata de un fenómeno específicamente humano; ahí están los nidos de las aves, los de los insectos sociales, o en forma más directa y sutil, la territorialidad tan presente en todo el Reino Animal. Por todas partes, y en todos los ramales del fractal biótico, la substancia viva busca expandirse, e incorporar más materia, espacio y energía. Puro Darwin. Los artefactos no son sino la manifestación en la especie humana de esa ancestral tendencia de la substancia viva.

    En cualquier caso está claro que, con la actual  constitución psicológica del ser humano, no hay fuente de propiedad mas indiscutible y aceptada que la de fabricar un objeto con las propias manos. Y ahí tenemos una primera connotación, puesto que ese fundamento  se corresponde punto por punto con el concepto clásico de Propiedad tal como lo expresa  John Locke, en lo que es una de los textos fundamentales  de la filosofía política contemporánea:

   El “trabajo” de su cuerpo y el “trabajo” de sus manos, podemos decir, son propiamente “suyos”. Cualquier cosa, entonces, que remueva él del estado en que la Naturaleza lo proveyó y dejó, y cualquier cosa a la que agregue algo que es suyo, se convierte así en su propiedad. Habiendo sido, por él, extraído del estado común en que la Naturaleza lo colocó, tiene algo agregado por el trabajo, lo que lo excluye del derecho común de los otros hombres. Porque este “trabajo” es una propiedad incuestionable del trabajador, ningún hombre excepto él puede tener derecho a lo que una vez le ha agregado [a un bien], al menos donde haya suficiente y tanto como lo que se ha dejado en común a los demás.[9]

   Es decir que para Locke el ser humano hace suyo un objeto al sacarlo del estado natural en el que estaba, y añadirle algo a través de su trabajo. La concordancia con el punto de vista que estamos desarrollando no puede ser mayor. Ese hacerlo suyo no sólo tiene por tanto  un significado social y filosófico: también lo tiene  plenamente biológico puesto que lo que hace una persona al fabricar y usar un artefacto es incorporarlo a si mismo, no a su cuerpo, sino a otra fase de sí mismo, que vive adherida a él, formando con él una sola unidad, como el citoplasma con el núcleo. La propiedad no es más que el reconocimiento cultural de ese hecho, cuyo significado se hunde por tanto en seculares determinaciones de la Biología. Ese significado biológico nos permitirá además decir algo más sobre ese misterioso algo que el trabajo añade a la cosa natural para convertirlo en objeto artificial, y que tanta importancia tiene para los economistas, puesto que, además de ser fundamento de la propiedad, también lo es del valor económico.

   Resumiendo: el palo de Miraluna viene a ser como un nuevo órgano  que  le ha salido nuestro antropoide,  un nuevo órgano en ese organismo, que ha adquirido ciertas características o biológicas. Es decir,  en cierto sentido, se ha convertido en materia viva. Por eso la significación “evolutiva” del suceso. Es un nuevo órgano que ha surgido por un mecanismo distinto, de acción mucho más rápida que el de las mutaciones genéticas: la cultura. En ella la evolución sí es Lamarckiana; es decir, en el nuevo reino cultural de los artefactos,  los caracteres adquiridos SÍ se transmiten a la generación siguiente, lo que da lugar a una situación evolutivamente explosiva que no tiene precedentes conocidos en el planeta.

   Por supuesto son muchos los pensadores que han señalado esa característica biológica, o ese significado evolutivo,  de las herramientas. Por ejemplo así lo hace el Antropólogo Gordon Childe en su famosa historia de la Civilización, aunque para añadir a continuación que hay que diferenciar los dos tipos de fenómeno:

Hemos sugerido que la prehistoria es una continuación de la historia natural, y que existe una analogía entre la evolución orgánica y el progreso de la cultura. (…)  En las historia humana, los vestidos, herramientas, armas y tradiciones, toman el lugar de las pieles, garras, colmillos e instintos, para la búsqueda de alimento y abrigo. Las costumbres y prohibiciones, condensando siglos de experiencia acumulada y transmitida por la tradición social, ocupan el lugar de los instintos heredados, facilitando la supervivencia de nuestra especie.[10]


    Ahora bien, esa continuidad entre Biología y Cultura será especialmente significativa cuando provenga de  biólogos, puesto que son indicados para evaluar una presunta cualidad vital. ¡Y también los ha habido! El primero en hacerla explícitamente, que se sepa, fue Alfred J. Lotka, probablemente uno de los teóricos más innovadores de la Biología, a la que intentó conectar con la Fisica, a través de las leyes de la Termodinámica, y con la Matemáticas mediante sistemas de ecuaciones aplicables al crecimiento y equilibrio ecológico de los organismos. Dos de estos modelos han prosperado hasta la actualidad: uno son las ecuaciones que rigen el crecimiento demográfico, en las que se basa de la actual demografía matemática; y otro las que relacionan las poblaciones de depredadores y presas, conocidas como las Ecuaciones de Volterra-Lotka. En uno de sus trabajos en el que busca una ley termodinámica que rija  los cambios evolutivos, postula que las estructuras materiales (los organismos) tienden a optimizar (ahorrar) el uso de la energía, y añade:

   La destacada excepción es la especie humana. Aquí la evolución, especialmente en los tiempos más recientes, ha seguido un camino enteramente nuevo. En lugar de la lenta adaptación de las estructuras anatómicas y de las funciones fisiológicas en generaciones sucesivas mediante la supervivencia selectiva, se ha conseguido incrementar la adaptación mediante el desarrollo incomparablemente más rápido de ayudas “artificiales” a nuestro nativo aparato receptor-efector, en un proceso que puede denominarse Evolución Exosomática.[11]

   Añade Lotka que, en este proceso, del que por cierto también hay precedentes evolutivos,  la ley es justamente la contraria: maximizar el uso de una  energía superabundante, lo que es un planteamiento de plena actualidad. En lo que aquí nos interesa, al entender Lotka  los artefactos como un  producto de la evolución biológica, fue el pionero de una serie de teóricos que han seguido esa senda, que desde entonces los han denominado: “Órganos Exosomáticos”. Nos ponemos en la cola de dicha serie, y adoptamos el afortunado término, que nos permite por tanto delimitar la ambivalente cualidad vital de los artefactos que estamos proponiendo. Son órganos vivos, pero exosomáticos. Por eso, en su conjunto, los llamamos Exoplasma.
   Otro ejemplo más reciente proviene del famoso genetista Luigi Luca Cavalli-Sforza. Su interés por el significado biológico de la cultura [12] empezó con un meticuloso trabajo [13]  publicado en 1981, en el que demostraba cómo los innovaciones culturales se propagan siguiendo pautas (matemáticas) similares a las biológicas, es decir, a las  mutaciones genéticas.  Cavalli-Sforza, considerando a los artefactos como las materialización de esas innovaciones, hace una valoración parecida a  Lotka y  los llama Organismos de Segundo Orden.
    Otros biólogos han hecho parecidas incursiones en la antropología, explorando esa continuidad dinámica y conceptual entre la Evolución Orgánica y la Evolución Cultural. Por ejemplo Boyd y Richerdson [14] en un trabajo de 1985 hablan de “Evolución Dual” para articular ambos fenómenos, elaborando sofisticados modelos sobre la difusión de útiles paleolíticos en Sudamérica.
  Biólogos ha habido, pues,  que han reconocido esa peculiar afinidad de los artefactos con los órganos y los organismos, y de la cultura con la Biología. Pero no decidiéndose a cerrar la fosa entre el mundo humano y el biológico, recurren a diferentes eufemismos como  Órganos Exoplasmáticos u Organismos de 2º Orden… En este trabajo quiero abundar en esa idea y afirmar que no es COMO SI  los artefactos fuesen materia viva, sino que positivamente lo SON. Veremos  que tal afirmación es como mínimo argumentable, y que además de tener  numerosos antecedentes, posee una potencia conceptual y heurística que le permite conectar   y amalgamar campos  muy diversos del conocimiento humano, y sugerir  nuevos desarrollos en la  investigación y el conocimiento. En definitiva una contribución válida a la formidable y secular tarea colectiva de elaborar un modelo racional de la realidad, de la que la ciencia es su punta de lanza,
    Este es por tanto un ensayo plenamente transdiciplinar, encuadrado en la Filosofía Sistémica, lo que implica riesgos y dificultades. El refrán “quien mucho abarca poco aprieta”, expresa la maldición que pesa sobre  quien intenta aventurarse en los pantanos conceptuales que separan las diferentes disciplinas, condenándolo a un chapoteo intelectual que no convence ni a unos ni a otros, que siempre lo verán como un diletante intelectual. Sin embargo precisamente por eso, y por el predomino apabullante de la especialización en toda producción humana, incluida la intelectual, hay una demanda de planteamientos globales, que vengan a paliar esa Disonancia Cognitiva global que paradójicamente el progreso no hace sino agravar, como han señalado por ejemplo el filósofo Ortega y Gasset, o el físico Erwin Schrödinger. [15] [16]
     Entre esas connotaciones destaca que esa incorporación de los artefactos al organismo humano tiene un correlato psicológico en el sentido de la identidad, que nos sólo se extiende a los artefactos que se usan, sino a los grupos a los que se pertenece. Se profundiza así la analogía con la Célula Eucariota, que a su vez dio lugar a los Organismos Multicelulares.  Ello proporciona un fundamento  psicológico, además del biológico, a la institución de la propiedad, idea que también tiene numerosos precedentes entre filósofos y psicólogos sociales, y también a la identidad colectiva, conectando por tanto con los punto de vista organicistas, otrora tan populares y ahora tan poco. Al igual que el Exoplasma complementa la identidad biológica del individuo, podemos definir un Socioplasma, constituido por ciudades, murallas, caminos, puentes, monumentos,  templos… todo aquello que no es de nadie en concreto, y que soportan materialmente las identidades colectivas.   Ello nos permitirá conectar con diversos planteamientos de las ciencias sociales en la tercera parte de este escrito.
   En el próximo apartado  analizaremos  con más detalle esa calidad de materia viva que atribuimos a los artefactos, es decir, los aspectos estrictamente biológicos. Y más adelante,  en el tercer apartado, exploraremos algunnas más de las connotaciones  psicológicas y sociológicas del modelo, así como las conexiones y precedentes en otros autores consagrados.






II

BIOLOGÍA  DE  LOS ARTEFACTOS



 Entendemos como artefacto toda estructura material que deba su forma (y función) a la acción humana:  pertrechos, vestidos, viviendas, cosechas, ganados, ect…  Tomados en conjunto, todos esos artefactos constituyen un microambiente artificial través del cual el organismo humano interacciona con el resto de la naturaleza. Pero también constituyen una estructura dinámica, cuya existencia se explica sólo por la acción del hombre, que no solo lo construye, sino que la mantiene útil.   Vamos a ver que  ese conjunto material puede  ser considerado estrictamente como materia viva, puesto que cumple las propiedades dinámicas básicas que la definen.

            La caracterización mas sencilla y sutil que se ha hecho de la materia viva fue formulada precisamente por Schrödinger  [17], que ya hemos citado. Según él, materia viva es una estructura material que se mantiene contra la degradación mediante un continuado consumo de energía. O también: que tiene la capacidad de absorber baja Entropía, o Neguentropía, de su entorno, y expulsar a él alta Entropía. O también, que puede contrarrestar la degradación que impone el 2º Principio de la Termodinámica, mediante un mecanismo que consume Energía Libre. Vemos que este criterio es directamente aplicable al conjunto de los artefactos humanos: lo mismo una herramienta, que un campo arado, una vivienda o un simple vestido, todos los casos pueden describirse como estructuras materiales, que se mantienen útiles contra el deterioro mediante un consumo continuado y dirigido de energía. Ese consumo dirigido y continuo de energía no es otra cosa que el trabajo humano. El trabajo es el mecanismo mediante el cual, en el nivel humano, la vida se enfrenta a la degradación entrópica. Es por ello  que una parte importante de cualquier trabajo consiste en (re)poner orden, siendo la otra crearlo. Así visto un ejemplo prototípico de trabajo es, por cierto, el trabajo doméstico.

    La Negentropía, que es por tanto el fundamento termodinámico de la materia viva, es también  lo que define a los objetos artificiales. Puede que para los físicos su fundamento epistemológico sea un poco precario, no formando parte más que indirectamente de sus poderosos sistemas de ecuaciones, como lo contrario de la Entropía. Pero no olvidemos que el concepto proviene de un físico, y no uno cualquiera [18], que lo propuso precisamente para definir la vida, y que no ha sido ni rebatido, ni sustituido por uno mejor. Lo que aquí se afirma es que esa característica es aplicable al conjunto material que fabrica y mantiene la humanidad a su alrededor.

   Otro  biólogo que se ha ocupado de las cualidades biológicas de los artefactos es Jacques Monod  en su célebre ensayo El azar y la necesidad  [19], aunque en su caso para refutarlas. Buscando criterios para definir la materia viva, Monod se encontró con la aparente paradoja de que la repetitividad y la funcionalidad (teleonomía) de los artefactos humanos podían asimilarlos a los seres vivos. Y como él trataba  de diferenciarlos, resolvió el dilema con un tercer criterio: el de la Morfogénesis autónoma,  según el cual  sólo los organismos son capaces de fabricar copias de sí mismos.  Ahora bien, esa capacidad es una cualidad de los organismos tomados como un todo, como un sistema, que en cambio no poseen normalmente sus órganos por separado. Lo que propongo es un cambio de escala para el conjunto global de los artefactos. Es cierto que ni los cuchillos, ni los ladrillos, ni las edificaciones producen espontáneamente copias de sí mismos. Pero lo cierto es que, cuando en una cocina se estropea un cuchillo, inmediatamente es substituido por otro. Y cuando a una casa se le cae un ladrillo, si está  habitada, es decir si está  viva, en el deterioro se coloca otro ladrillo.

    Tampoco órgano alguno, brazo, hígado o uñas de los pies, producen copias de si mismo cuando se le separa del organismo del que forman parte. Casa, cuchillos,  uñas e hígados, son estructuras dinámicas que se mantienen contra la degradación por la acción  del organismo del que forman parte,  mediante un consumo dirigido y continuo de energía.

            El que tal proceso requiera la intervención humana no invalida la argumentación; simplemente convierte a estas estructuras en  prolongaciones funcionales del cuerpo humano. Pues si bien es cierto que sin esa intervención humana pierden su capacidad de renovarse, es decir, pierden su cualidad vital, no por ello dejan de estar menos vivas cuando son usadas por alguien, formando con ese alguien un sistema vivo más amplio. Es decir, que hombre y artefactos forman una estructura jerárquica viva, en el que los pertrechos artificiales constituyen un nivel subordinado al organismo humano propiamente dicho.

            Decíamos que esa relación que hay entre personas y artefactos es análoga a  la que hay entre el núcleo y el citoplasma de una célula eucariota. En efecto, dicho citoplasma mantiene su cualidad vital bajo la acción del núcleo, que es el que hace que sus componentes (básicamente las moléculas de  proteína) se vayan renovando a medida que se degradan. Esa renovación de las cadenas proteicas citoplasmáticas se hace tomando como molde a las cadenas de ADN nucleares, mediante una serie de prodigiosos mecanismos moleculares que han sido, no menos prodigiosamente, dilucidados por un par de generaciones de biólogos moleculares. Esos mecanismos constituyen el Santa Sanctórum del conocimiento biológico, la Biología Molecular, con los que se dio  fundamento bioquímico a las teorías de Darwin y a las de Mendel, y construir así una de las más formidables conquistas de la ciencia humana, colocándose en condiciones de igualdad al lado de las mas puras de las Ciencias Naturales.  Visto así, también puede considerarse  el citoplasma como una extensión de la actividad del núcleo. En el citoplasma tampoco se replican por sí solas las moléculas de proteína, y a ningún biólogo se le ocurriría afirmar que una tal molécula de proteína es en sí misma un ser vivo. Sin embargo es la actividad conjunta de una multitud de tales proteínas lo que constituye la vitalidad del citoplasma, correspondiendo exclusivamente al núcleo la función de ir sintetizándolas, es decir de repararlas.

   Desde un  punto de vista sistémico, son casos de una relación jerarquizada entre dos subsistemas que forman un sistema más amplio: el sistema núcleo/citoplasma, que forman la célula eucariota; y el sistema hombre/artefactos, que constituye el fenómeno humano. Ambos son dos ejemplos de un tipo de estructura muy corriente en la Naturaleza, la estructura jerarquizada, que podemos esquematizar como:


Subsistema más complejo,                      Subsistema más simple,
      más organizado,                      /             menos organizado,
   con función directiva.                        con función subordinada.


   Esta estructura sigue siendo válida aún considerando al Subsistema Artefactos como no-vivo, ya que puede darse entre un subsistema vivo y otro no-vivo, e incluso entre dos subsistemas no-vivos. Por ejemplo los sistemas: hidrosfera/atmósfera, fermento/sustrato, depredador/presa, bentos/plancton, ciudad/campo, etc. [20]

   De esta analogía se deduce la substanciosa consecuencia que ya hemos mencionado: que la aparición Especie humana es un tipo de acontecimiento del que  hay por lo menos un precedente en la historia de la evolución biológica: la célula Eucariota.

   Para captar plenamente los paralelismos entre ambos fenómenos  hay que recordar las características y  significado evolutivo de los dos grandes tipos de microorganismos que existen: Procariotas y Eucariotas[21].  Los Procariotas, que son las células primigenias representadas básicamente por las Bacterias, son organismos unicelulares sencillos, muy pequeños y sin diferenciaciones internas; es decir, sin ninguna estructura. Despliegan en cambio una enorme variedad de estrategias biológicas y fisiológicas, que incluyen el parasitismo, por lo que son las causantes de muchas de las enfermedades conocidas, aunque  la gran mayoría de las Bacterias son inocuas, e incluso beneficiosas. Por su parte las Eucariotas son más complejas, y de mayor tamaño. Además del Núcleo, tienen unas estructuras membranosas en el Citoplasma, llamadas Orgánulos:  las Mitocondrias, los Cloroplastos (en vegetales), el Retículo Endoplasmático, el Aparato de Golgi, los Centriolos... etc. Aparte de estas complicaciones morfológicas, los procesos de división celular, Mitosis y Meiosis, son muchísimo más complicados, pero absolutamente iguales en todas ellas, sea cual sea el organismo del que forman parte. ¿Se han parado a pensar como es que absolutamente todos los organismos superiores, animales, plantas y hongos,  están construidos con el mismo tipo de célula?.

De esta marcada dicotomía de las formas celulares destacan tres hechos significativos:  Primero, que algunos de los orgánulos de las Eucariotas poseen una cierta autonomía reproductiva, para lo que disponen de su propio material genético. Además, ciertas características bioquímicas asemejan dichos orgánulos a las células Procariotas, como si se tratase de bacterias que vivieran en simbiosis en el citoplasma eucariota [22]. En segundo lugar que no existen formas intermedias entre los Procariotas y los Eucariotas. Es decir, que todas las células existentes o son de un tipo, o son del otro. Y finalmente la ya mencionada universalidad de la Célula Eucariota en la constitución de los Organismos Superiores, es decir, Multicelulares. Por tanto la práctica totalidad de los animales, plantas, hongos, y protozoos, es decir, cuatro de los cinco reinos de la biosfera[23], están constituidos por dicho tipo de células, con la misma arquitectura intracelular, y la misma dinámica reproductiva. El quinto reino, Monera,  lo constituyen los Procariotas.

Todo ello sugiere que las células Eucariotas evolucionaron a partir de las Procariotas, y que su aparición representó decisivo paso evolutivo[24], que como dijimos se produjo hará unos 2.000 millones de años, año más o menos.  Ese paso, presuntamente  tuvo lugar cuando cierta procariota consiguió delimitar un segundo recinto celular a su alrededor: sea sintetizando una segunda membrana alrededor de la original; sea invaginando la suya hacia el interior… o sea como fuere. En ese recinto externo, que dará lugar al Citoplasma, llegaron a incluirse otros procariotas, tal vez como resultado de una simbiosis, que es la hipótesis de Margulis, actualmente una de las más populares; o como producto de una fagocitación  incompleta, o  de una infección parasitaria [25]. La célula original, su material genético, devendría en el núcleo de la nueva célula, y las  procariotas incorporadas son las que darían lugar a los orgánulos citoplasmáticos. En otras palabras: aquella procariota, al rodearse de su nuevo citoplasma, vino a crearse un microambiente artificial a través del cual interaccionó en lo sucesivo con el medio ambiente. Y en ese microambiente incluyó a otras procariotas , subordinadas a la célula global resultante .

Ese paso evolutivo comportó a la nueva célula tal éxito biológico que sus descendientes dieron lugar a una nueva situación en la Evolución. Y ello porque, junto con el nuevo citoplasma, las células eucariotas consiguieron otro logro trascendental: constituir organismos pluricelulares (o multicelulares). Es decir, la capacidad de integrarse en sistemas de células especializadas, formando una sola unidad funcional. Tales sistemas pluricelulares, es decir, los organismos superiores, pasaron a ocupar la punta de lanza de la dinámica evolutiva de manera que la competencia pasó a establecerse entre sistemas formados por el mismo tipo celular: los diferentes animales y plantas que pueblan el planeta. Y este segundo espacio de competencia, habitado de organismos cada vez más grandes y complejos, pronto arrinconará a la biosfera procariota original.

            Las analogías entre los Organismos Pluricelulares y la Sociedad Humana no por obvias son menos sugestivas, y desde luego no han escapado a la mirada de muchos pensadores. Ahora no atraviesan su mejor momento en el mundo intelectual, pero a principios del S.XX  gozaron de una extraordinaria popularidad y prestigio de la mano de intelectuales entre los que destaca Herbert Spencer. Constituían el argumento principal de la Filosofía Organicista, que afirmaba que la Sociedad Humana era como un gran Organismo. Asociado a ideologías políticas  poco recomendables, que precisamente afirmaban, y desgraciadamente practicaban, la preeminencia de la sociedad sobre el individuo, el organicismo fue condenado al ostracismo por el mundo intelectual y académico. Pero que los organicistas hayan llegado a conclusiones poco prudentes no debe hacernos renunciar, aunque sí a matizar, unas ideas que no dejan de ser fructíferas. Las analogías están ahí, y son relevantes: en efecto, el hombre tiene la capacidad de fabricar artefactos con los que crearse un entorno artificial, en el que también incluye a otras especies vivas. Y también tiene la capacidad de integrarse en organizaciones sociales, cuya evolución constituye la azarosa Historia de la Humanidad. Y estas diferentes formas sociales han pasado a su vez a ocupar el lugar preeminente de la evolución, en el sentido de constituir, con mucho, el fenómeno vivo más conspicuo y sofisticado sobre la faz del planeta, y en el de subordinar al resto de la Biosfera, hasta el punto de tener que protegerla de nosotros mismos.

   Los organicistas más desaforados, como Spencer o Lilienfeld,  llevaron esa continuidad la hasta el extremo, por ejemplo  proclamando que  la Historia no sería sino la continuación de la Evolución.[26] Desde este punto de vista no carecían de cierta razón: la historia humana es un nuevo capítulo en la Evolución,  abierto tras la verificación de un salto, un acelerón,  evolutivo como el que en otro tiempo se diera con la aparición de la célula eucariota y de los organismos pluricelulares. Cabe asimilar ambos sucesos a eslabones de una historia evolutiva que transcurre a saltos o, como han señalado los paleontólogos, en fases rápidasfases lentas, como los que describe el paleontólogo Simpson:

            “El registro fósil encierra pruebas - no por indirectas menos convincentes - de que los ritmos de cambio excepcionalmente rápidos se han producido, de ordinario, cuando han aparecido, en los organismos en evolución, nuevas clases o niveles de organización y de ocupación ecológica.” [27]

            Y ya puestos, tal dinámica se prolongaría, en forma acelerada, en la evolución del Sistema Humano: Es decir,  el sistema económico occidental (industrial-capitalista) parece a punto de instaurarse en todo el planeta, desplazando (o arrinconando) a las otras formas culturales; es la globalización, tan temida por algunos.  Todas esas culturas previas estaban formadas por individuos de una misma especie humana, que a su vez vino a imponerse sobre toda una serie de organismos que habitaban el planeta. Todos esos organismos están formados por un mismo tipo de célula, la célula eucariota, que resulta ser el producto culminante de toda una gama de microorganismos procariotas. Tales microorganismos a su vez están formados por una idéntica maquinaria bioquímica basada en las proteínas y los ácidos nucleicos.  No es posible seguir la cadena hacia lo simple, puesto que no se conocen vestigios de algún tipo de vida que no esté basados en esa bioquímica. ¿Qué saltos tuvo que dar la evolución hasta llegar a articular esa maquinaria? . Y por otra parte ¿Cual será el próximo salto en la evolución de la humanidad tras una unificación económica, cultural e incluso política que parece imparable?.

            Por otra parte establecer una analogía entre ambos sucesos evolutivos, humanos y  eucariotas,  no supone reasumir literalmente la postura organicista. Creo que muy pocos biólogos o científicos disentirían de que la aparición de los Eucariotas, y la  de la Humanidad  son los dos acontecimientos más importantes, más revolucionarios, que se han dado en la evolución biológica. Richard Leakey, digno descendiente de de una ilustrísima casta de antropólogos,   lo afirma explícitamente:

            Tres grandes revoluciones biológicas marcan la historia de la vida en el mundo. La primera es el origen de la vida misma. La segunda es el origen de las células eucariotas, las células con núcleo.  Y la tercera es el origen de los organismos multicelulares. Cada una de estas revoluciones transformó el mundo de forma drástica y espectacular. No es exagerado añadir una cuarta revolución, el origen de la conciencia humana. Representa una nueva dimensión en la experiencia biológica.” [28]  
                        
Sólo eso ya establece un punto de relación, o de analogía, entre ambos acontecimientos. Pero también son muchos los científicos reacios a la mezcla y confusión de espacios conceptuales radicalmente diferentes con analogías vacías que no llevan a nada, o lo que es peor, llevan a conclusiones éticamente peligrosas. La evolución biológica y la historia humana son hechos que están ahí, aunque otra cosa sea entender su sentido profundo. También son un hecho incontrovertible las analogías estructurales y dinámicas que hemos señalado. Aunque no se admitiera el argumento sobre la naturaleza viva de los artefactos, las analogías seguirían existiendo. De manera que, se mire como se mire, el advenimiento de la especie humana constituye un acontecimiento como mínimo parecido a otro que ya ocurrió en nuestro planeta.

Para muchos esa será una analogía sin mayor trascendencia. En cambio creo que esa similitud tercia en una vieja y desazonadora pregunta de la humanidad referente a su posición en la naturaleza. ¿Dueño, esclavo o guardián? ¿Porqué tan diferentes y al mismo tiempo tan vinculados?  ¿Somos el producto supremo o un error, un tumor de la naturaleza? ¿Porqué la clara sensación de trascenderla, de ser algo distinto y, en algún sentido, más allá, y al mismo tiempo, como muy bien saben los psicoanalistas, no poder zafarnos de sus  mandatos ni siquiera, o especialmente, en lo más profundo de nuestra mente?.

            No pretende este ensayo responder en a esas viejas y poderosas preguntas; pero quizá sí le añadan un nuevo matiz, que contribuye a su profundización. Somos efectivamente un punto y aparte en la Naturaleza, pero no dejamos de pertenecerla; de hecho no somos su primer punto y aparte. No somos un absurdo, ni un error, sino simplemente nuevos e imprevistos, como toda innovación biológica, y como ellas, no  se sabe  cual será nuestro destino final. Es una nueva fase evolutiva, en la que en realidad acabamos de empezar, y ello explica nuestras torpezas, o si se prefiere, nuestros tanteos. Tal en uno de ellos nos reventemos o nos aniquilemos ¿quién sabe? O talvez, como la célula eucariota, la especie humana constituya una fase crucial  de la evolución de la vida que, en combinaciones insospechadas, sea  el soporte de nuevas e inconcebibles formas de pervivencia.  Ideas fascinantes que se desprenden de este planteamiento y que, como enseguida veremos,  ya han sido formuladas por muchos otros pensadores.






[1] En la novela: “Moonwatcher”.
[2] En Marzo de 2008.
[3] Clifford Geertz. “La interpretación de las culturas”  Gedisa, 1987.  (The interpretation of Cultures . Basic Books Inc. Nw Cork, 1973.)  (pag.54).
[4] Clifford Geertz  (1973). (pag. 69).
[5]  Véase más adelante cita de H.Arendt, sobre cómo los griegos menospreciaban todo oficio desarrollado con las manos, incluido el de los artistas.
[6] Ramón Margalef. “La biosfera, entre la termodinámica y el juego”. Omega, 1980. (p. 12)
[7] Buscar cita sobre ese descarte de la Antropología  (Beaglehole?)
[8]  Buscar cita Jane Goodall
[9]  John Locke; Two Treatises of Government, Everyman´s Library, London, 1978, cap. 27, párrafo 31
[10]  Gordon Childe.  Los Orígenes de la Civilización. Fondo de Cultura Económica,   cap. II  pg..28
[11]    Alfred J. Lotka. “The law of evolution as a maximal principle”. Human Biology, 1945, vol. 17, nº 3.
[12]  Cavalli-Sforza.  La evolución de la Cultura. Anagrama, 2007
[13]  Cavalli-Sforza y Feldman. Cultural transmission and evolution. Prícenton University Press, 1981. (p. 18)
[14]  Boyd &; Richerson. Culture and the Evolutionary process. University of Chicago Press, 1985.
[15] .  “El caso es que, recluido en la estrechez de su campo visual, consigue, en efecto, descubrir nuevos hechos y hacer avanzar su ciencia, que él apenas conoce, y con ella la enciclopedia del pensamiento, que concienzudamente desconoce. ¿Cómo ha sido y es posible cosa semejante? Porque conviene recalcar la extravagancia de este hecho innegable: la ciencia experimental ha progresado en buena parte merced al trabajo de hombres fabulosamente mediocres, y aun menos que mediocres”.
( Ortega y Gasset. La rebelión de las masas. Espasa-Calpe Argentina, Buenos Aires – México, 1937.)
[16] Erwin Schrödinger,. Ciencia y Humanismo. Tusquets, 1981 (p. 15) (Sciencie and Humanism. University of Chicago Press, 1951.) Ahí incluye la anterior cita de Ortega, a la que dedica página y media.
[17]  ERWIN SCHRÖDINGER. ¿Qué es la vida? 1983 (1944). p. 111.
[18] Schrödinger , uno de los padres de la Mecánica  Cuántica, a la que contribuyó con la ecuación que lleva su nombre, con la que consiguió  meter en cintura  matemática la dinámica de los orbitales atómicos, estableciendo un solidísimo vínculo entre la Fisica y la Química. Si duda una de los mejores hallazgos de las ciencias duras, al nivel de la Relatividad de Einstein.
[19]  J. Monod . El azar y la necesidad . Barral,  1971 (1970). p. 22.
[20]  R. Margalef . Ecología . Omega, 1974. p. 903.
[21]  L. Margulis . El origen de la célula . Reverté, 1986 . p. 2.
[22]  L. Margulis . Symbiosis in Cell Evolution . Freeman &Co, 1981. p. 3 y ss.
[23]  L. MARGULIS. Cinco reinos. Labor, 1985  (1982).
[24]  T.D. Brock . Biología de los Microorganismos . Omega, 1973 (1970). p. 62
[25]  TH. DOBZHANSKY, F.J.  AYALA et al.  Evolución. Omega, 1983 (1977). p. 380.
[26]  Buscar cita en Spencer
[27]  G. G. Simpson. Fósiles e historia de la vida. Labor, Prensa científica, 1985 (1983). p.167
[28]  R. LEAKEY  Y  R. LEWIN. Nuestros 0rígenes. RBA. 1994  (1992).  p.254.

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