domingo, 22 de septiembre de 2013

ROBERTO ZUCCO. UNA CRÍTICA SESGADA


    Acabo de asistir al estreno, en el  Matadero de Madrid, de una versión de “Roberto Zucco “, obra póstuma del dramaturgo  francés Bernard-Marie Koltès, autor maldito donde los haya, muerto de sida  en 1989, a los 42 años de edad. Autor de culto en el mundo teatral, surrealista y al mismo tiempo  renovador de cierta estructura clásica de la obra teatral (las tres unidades), no es ciertamente una crítica experta lo que me corresponde, profano  como soy en lo que se refiere al teatro, que además, como todas las artes, es cada vez más iniciático. Pero a lo que no me resisto es a hicarle el diente profesionalmente, dado que el personaje y la historia tienen un indudable bocado psicológico.  Ustedes juzgarán.

Sería tentador situarlo en la galería de ilustres "asesinos simpáticos", en compañía de personajes tan memorables como Annibal Lecter o Vito Corleone, que tienen en común unas víctimas odiosas y/o estúpidas con las que se ganan la complicidad de los espectadores en un juego de proyecciones al mejor estilo Freudiano (“buenos son los que se conforman con soñar lo que los malos efectivamente hacen”). Pero no; lo de Koltés no es tan tosco, y ciertamente no está por la rentabilidad de masturbar las bajas pasiones del gran público. ¿Porqué no mata al hermano macarra, como esperamos desde el comienzo de la obra, y en cambio sí al niño del parque, hijo de uno de los pocos personajes que llegan a “conectar” con el desdichado y archisolitario Zucco?.

La señora del parque. Uno de los poderosos personajes femeninos que jalonan una obra en la que el protagonista empieza por despacharse a su propia madre. En ese primer crimen uno piensa que va a ir en la línea del mencionado asesino justiciero, o terapético, cuando nos entran ganas de gritarle a la madre.”¡pero tía, déjale entrar y que se lleve lo que quiere¡”. No; como digo la cosa no va por ahí, y en el sentido  de violencia cinematográfica que uno se teme cuando entra en el teatro avisado sobre la dureza de la obra, mas bien decepciona un poco. La naturaleza de la violencia de esta obra, la conmoción que provoca, es más sutil y puede tardar incluso días en hacerse patente.

La madre. Empieza por cargarse a su propia madre. Creo que es una de la claves. Y luego la señora del parque, que parece despreciar al mundo entero casi más que el propio Zucco, incluído a su propio hijo, que corretea por ahí en chándal; “es un gilipollas” dice de él su propia madre. Solo varios compases después de que él se lo cargue casi gratuitamente, ella se lo recrimina violentamente “¡¡era un gilipollas, pero era mi hijo!! ¡¡ MI hijo!!…¡¡ algo totalmente MÏO ¡!… “ 

  ¿Hace falta más?    En la primera entrada de este blog comentaba el pelotazo psicoanalítico de Malic en su película “el árbol de la vida”, en la que adornaba con conmociones galácticas el formidable  conflicto emocional que debió tener con su padre (el “toque National Geografic”, como lo llamó mi colega Mª Jesús).  No te digo nada cuando el conflicto no es con el padre, sino con la madre, mucho más raro, y mucho más devastador. El conflicto con el padre nos lleva a un conflicto con la autoridad y con las normas sociales que puede hacer de nosotros "un rebelde" más o menos inadaptado. El conflicto con la madre nos lleva a un conflicto con la propia vida, a un cuestionamiento radical de la propia identidad que puede devenir en patologías graves, incluída la psicosis.

Una obra nada convencional, profundamente perturbadora, y representada con gran eficacia  por un grupo de excelentes actores venidos de Barcelona (¡hablando de identidades…!). De entre ellos sin duda  hay que destacar el formidable trabajo como protagonista de Pablo Derqui, actor de raza con recursos, capaz de pasar del cándido arrobamiento en una escena de amores adolescentes, a la inquietante mirada de un asesino psicópata que mata por puro impulso, pasando por la rabia infinita del hijo despechado, o por la ternura desconcertada del que presencia el sufrimiento que crece constantemente en los márgenes de la pista de baile social...  Para no perdérselo.




lunes, 9 de septiembre de 2013

El fiasco olímpico de Madrid



¿Qué porqué no nos los han dado?   Muy sencillo: porque no tocaba.

¿Cuál ha sido el error? : pedirlos demasiado pronto después de los de Barcelona.

     Y otra conclusión rápida; lo que Madrid hubiera necesitado es un Samaranch. ¡Ah, pero tipos como ese salen uno por lustro! (echad una ojeada a su biografía). En este caso arrastró la Olimpiada a casa (que en ese caso era Barna, Spain), y al hacerlo colmó las opciones de España para unos cuantos lustros.

     La pregunta correcta no es por qué no nos los dieron, sino porqué tendrían que habérnoslos dado. Sin entrar en detalles, está claro que la organización de las Olimpiadas se rige entre otras cosas por un complejo y delicado equilibrio de geoestrategias planetarias.  Seguro que una buena organización y una buena presentación influyen, pero dudo mucho que sean el factor más importate.

     Muy pocos países han organizado más de una Olimpiada.  Y claro, los grandes… sobre todo los grandes entonces. Inglaterra, Francia…¿Una excepción? Los USA, claro, que han organizado 4 (Pero es que los USA son mucho USA, ya entonces ). Otra excepción curiosa, pero poco notoria: Australia, que ha organizado 2. 

     En las últimas repitió Londres; ¿cuando fueron sus olimpiadas anteriores? en el 62; es decir, habían pasado 50 años. Ojo a ese dato.

     Y ahora, con la globalización, a la que se ha vuelto muy sensible, el Comité olímpico anda muy preocupado balanceando las concesiones a nivel planetario, siendo como ya es una de las organizaciones globales más consolidadas, 


¡ Oh, es que hemos sido muy buenos, y hemos hecho muy bien los deberes!.  Sí, seguro que ese es un requisito importante… pero solo uno de los muchos.  

   ¿Una conclusión práctica? Pues que, antes de volver a intentarlo, que haya pasado un plazo  no menor de 50 años desde el 92. Es decir, creo que es inútil intentarlo antes del 42  ...como mínimo.

     Bromita para la siguiente entrada: ese plazo podría acortarse por convulsiones geoestratégicas: quizá la secesión de Cataluña acortase ese plazo... Pero esa es otra historia; quédese para otra entrada.